MÉXICO
En punto de las 18:00 horas, la Plaza Garibaldi lucía inusualmente tranquila. Con poco público y algunos mariachis a la espera, el lugar comenzó a prepararse para el homenaje por el centenario del natalicio de José Alfredo Jiménez, uno de los grandes referentes de la música ranchera.
El evento, realizado en el corazón de la plaza, arrancó con cerca de media hora de retraso, sin que se ofreciera alguna explicación por parte de los organizadores. Desde los primeros momentos, los problemas de sonido fueron evidentes y terminaron marcando el desarrollo de la velada.
Durante el acto, Ángel Jiménez, nieto de “El Rey”, tomó la palabra para recordar la importancia de su abuelo dentro de la música y la cultura mexicana. En su mensaje evocó la historia del llamado “Patrono de las cantinas”, quien llegó en 1936 al entonces Distrito Federal en busca de trabajo y que, mientras se desempeñaba como mesero, comenzó a escribir las canciones que más tarde se convertirían en clásicos.
Con un legado de más de 300 canciones, el homenaje se extendió más allá del escenario. Espacios emblemáticos como el Salón Tenampa y el Guadalajara de Noche se llenaron de seguidores, turistas y visitantes extranjeros que prolongaron la celebración para honrar la memoria de José Alfredo Jiménez, quien este 19 de enero habría cumplido 100 años.

En paralelo a los conciertos, distintas actividades culturales y documentales se llevaron a cabo para profundizar en la vida y la creación artística de Jiménez. En el Centro Nacional de las Artes, la Secretaría de Cultura montó una exposición documental con fotografías históricas, discos antiguos, revistas, cancioneros y otros objetos que retratan tanto la trayectoria profesional como momentos familiares del compositor, disponibles al público hasta mediados del año.
De forma complementaria, la Fonoteca Nacional activó sus acervos con grabaciones inéditas, entrevistas y anécdotas narradas por amigos y familiares, incluidas historias personales como los problemas con su automóvil en una gira por Baja California, que sirvieron de inspiración para canciones emblemáticas como El Caballo Blanco.
